Vida temprana, aprendizaje y olvido.

Muchas veces nos preguntamos las influencias que tienen las experiencias de los recién nacidos y de los primeros años de la vida en el desarrollo de la personalidad del individuo, y por tanto la prevención o la potenciación de determinados trastornos psicológicos.

Los comportamientos y actitudes adquiridos no suelen ser fijos ni permanentes. Lo que se ha aprendido puede modificarse o desaparecer en las condiciones adecuadas, proceso que se denomina extinción.

La extinción conlleva normalmente la exposición a experiencias que son similares a las situaciones del aprendizaje inicial, pero que permiten nuevos aprendizajes. Es decir, que los antiguos hábitos de comportamiento cambian cuando aprendizajes nuevos interfieren con lo que se ha aprendido y lo sustituyen.

Pero, ¿qué ocurre si las condiciones del aprendizaje original no pueden duplicarse fácilmente?

Según la teoría del aprendizaje por contigüidad, el que no se den las situaciones que interfieran con los hábitos anteriores implica que éstos se mantendrán sin modificar y persistirán en el tiempo.

Entonces si nos cuestionamos: ¿se experimentan los acontecimientos en la vida temprana de tal manera que sean difíciles de reproducir, y por tanto, resistentes a la extinción? Un examen de estas condiciones en la infancia nos dice que la respuesta es que .

Desde una perspectiva biológica, el niño pequeño es un organismo primitivo, el sistema nervioso infantil está incompleto; el niño percibe el mundo desde puntos de vista momentáneos y cambiantes, y es incapaz de discriminar e identificar muchos de los elementos de la experiencia.

Lo que el niño ve y aprende del entorno a través de sistemas perceptuales y cognitivos infantiles no volverá a experimentarlo de la misma forma después.

El mundo presimbólico de los niños dura hasta los 4 ó 5 años, momento en el que agrupan y simbolizan los objetos y los acontecimientos de una forma estable que es bastante diferente con respecto a la de la infancia temprana.

Una vez que estas percepciones han tomado formas discriminativas, los niños no pueden duplicar durante más tiempo las experiencias perceptivamente amorfas, presimbólicas y difusamente incipientes de sus años iniciales.

Incapaces de reproducir estas experiencias tempranas en la vida posterior, los niños no podrán extinguir lo que han aprendido en respuesta a ello; al dejar de percibir los sucesos como los sintieron inicialmente, no pueden sustituirlas reacciones tempranas por las nuevas. Estos aprendizajes tempranos persistirán, por tanto, como sentimientos, actitudes y expectativas que afloran penetrantemente de una manera vaga y difusa.

El desarrollo de patrones desviados, que influirán futuramente en el desarrollo de un trastorno de la personalidad, se puede estar empezando a forjar en estos primeros aprendizajes.

Además, en esta etapa presimbólica su mundo de objetos, personas y acontecimientos está conectado de una manera poco clara y aleatoria; aprenden a asociar objetos y sujetos que no tienen relaciones intrínsecas; se fusionan de forma errónea conjuntos de estímulos concurrentes.

Por ejemplo, cuando un niño pequeño experimenta temor como respuesta a la voz cruel del padre, puede aprender a temer no solo la voz, sino también el contexto, la atmósfera, los cuadros, los muebles, y los olores, una gama total de objetos incidentales que, por azar, estaban presentes en ese momento.

Incapaz de discriminar el estímulo concreto que le causó el temor, conecta su malestar aleatoriamente a todos los estímulos asociados, de modo que cada uno de ellos pasa a ser un precipitante de esos sentimientos.

Las asociaciones al azar de la vida temprana no pueden duplicarse cuando el niño desarrolla la capacidad para el pensamiento y la percepción lógicos.

La generalización es algo también inevitable en el aprendizaje temprano. Todos los hombres son papás, todos los animales de cuatro patas son perritos, todas las comidas son ñam ñam…

Imaginemos que una niña de dos años es atemorizada por un perro cocker. Debido a la capacidad discriminativa burda que existe a esa edad, esta experiencia le ha condicionado el temor a los perros, los gatos y otros animales pequeños.

Volvamos a imaginar que después se expone agradable y repetidamente a un perro cocker. Como consecuencia de esta experiencia, la niña habrá extinguido su temor, pero sólo a los perros cocker y no a los perros en general, ni a los gatos o a otros animales pequeños.

Cuando la niña sea más mayor, su capacidad de discriminación hará que los cocker sean agradables, pero no los perros en general.

Estas condiciones que refiero con anterioridad, ese aprendizaje en la etapa presimbólica, esa aleatoriedad de relacionar objetos, acontecimientos y personas y por último esa generalización entre estímulos similares, explican en gran medida la extraordinaria dificultad para reexperimentar los acontecimientos de la vida temprana y olvidar los sentimientos, comportamientos y las actitudes generados por ellos.

Mariano de Vena Salvador | Psicólogo Col. Nº M-23785