Atrapado por su pasado.

Había una película de Al Pacino en los noventa, Carlito´s way, que la tradujeron con este título en castellano, que hablaba sobre lo difícil que le resultaba a un narcotraficante criminal deshacerse de sus herencias pasadas para poder redimirse.

No os quiero hablar ni de mafias ni de redención, como escribía en el último artículo las experiencias significativas del inicio de la vida nunca vuelven a ocurrir, pero sus efectos se mantienen y dejan huella.

Los residuos del pasado contribuyen activamente en el presente, operan insidiosamente para transformar las nuevas experiencias de estímulos en línea con el pasado.

Hoy quería escribiros sobre los procesos que perpetúan estas huellas del pasado.

Uno de los procesos de perpetuación es el que se denomina constricción protectora.

Los recuerdos dolorosos del pasado se mantienen fuera de la conciencia, proceso al que nos referimos como represión. El individuo desarrolla un área de maniobras protectoras conscientes e inconscientes para disminuir la probabilidad de que estas experiencias perturbadoras ocurran en un futuro.

Sin embargo, a causa de estos esfuerzos protectores la persona estrecha o limita su mundo.

La represión reduce la ansiedad haciendo que el individuo aleje sus fuentes internas de malestar de la conciencia, aunque por otra parte, le impide desaprender estos sentimientos o le obstaculiza el aprendizaje de nuevas formas, potencialmente más constructivas.

Por ejemplo, una chica muy inteligente y atractiva de 15 años se había aislado progresivamente de las actividades escolares y sociales; durante varios años había tenido un problema en casa, que culminó en un conocido escándalo que implicaba a sus padres. Pese a que era bien considerada por sus profesores y compañeros, que se esforzaban por mostrar su continua aceptación, su vergüenza y temor al ridículo social la condujeron a un aislamiento creciente  y a fantasías de que sería humillada dondequiera que fuera. Como consecuencia de sus acciones protectoras, la chica preservaba sus recuerdos inalterados del pasado; además, éstos persistían y la forzaban a tomar un camino que impedía su resolución. Sus maniobras constrictivas y sus  límites para protegerse,  limitaban a su vez el poder gozar de recompensas vitales positivas.

Algunos procesos no sólo conservan el pasado sino que transforman el presente en línea con el pasado. Una vez que las personas adquieren un sistema para tener expectativas, responden con una creciente alerta a elementos amenazadores similares en su situación vital, es el denominado proceso de sensibilización reactiva.

Por ejemplo, las personas que desarrollan ansiedad corporal se hacen hipocondriacos, es decir, están hipervigilantes ante los procesos fisiológicos que muchas  personas experimentan pero ignoran.

Al hilo de esta sensibilización se crea la noción de constructos personales, que hacen que las personas adquieran unas actitudes cognitivas anticipatorias como consecuencia no sólo de las formas amenazadoras, sino de todas las formas de experiencia pasada; así, una persona que ha aprendido a creer que todo el mundo le odia tenderá a interpretar los comentarios incidentales y totalmente inocuos de los demás en línea con esta premisa.

Este proceso de distorsión tiene un efecto insidiosamente acumulativo y espiral. Cuando las personas construyen de forma errónea la realidad con el fin de que corrobore sus expectativas, intensifican su miseria.

Las personas a causa de esta distorsión, experimentan subjetivamente eventos neutros como si fueran realmente amenazadores.

Otro proceso genera una tendencia de las personas a reaccionar ante nuevos estímulos de manera similar a la que reaccionaron en el pasado, proceso que podemos llamar generalización del comportamiento.

Por ejemplo, imaginemos que un niño aprendió a retraerse y a aislarse de una madre muy punitiva. El niño podría tener una profesora algo firme, de características físicas similares a las de su madre, lo que podría distorsionar su percepción, haciéndola un duplicado de su  madre. Entonces reaccionaría  ante la profesora como había aprendido a reaccionar ante la madre.

Se produce una transferencia de los comportamientos pasados a situaciones nuevas, es una tendencia a percibir y reaccionar ante los eventos presentes como si fueran duplicados del pasado.

Por ejemplo, un chico de 20 años cuyas experiencias pasadas le llevaron a anticipar reacciones punitivas de sus padres puede estar hipervigilante ante los signos de rechazo de los demás. Como consecuencia de su suspicacia, distorsionará comentarios inocuos, considerándolos indicadores de hostilidad. Cuando se prepara para defenderse y afrontar la hostilidad que le espera, congela su gesto, fija la mirada fríamente y hace unos cuantos comentarios negativos hacía sí mismo. Este mensaje que transmite es percibido por los demás como poco amigable y hostil, por lo que los demás le expresan abiertamente sentimientos de poco afecto y empiezan a aislarse y a mostrar una hostilidad real, ya no imaginada. El hecho de experimentar de forma objetiva este rechazo le lleva a ser más suspicaz y arrogante, perpetuando el círculo vicioso.

Estos comportamientos repetitivos persistentes también pueden aplicarse a recursos intrapsíquicos, son las denominadas compulsiones de repetición. Se refiere a la tendencia inconsciente a reconstruir fracasos o decepciones del pasado para intentar su desactivación, a pesar de su repetida inutilidad como estrategia.

Por ejemplo, la rivalidad entre dos hermanas generaba intensos sentimientos hostiles y destructivos en la hermana mayor de 21 años. Esos sentimientos se ventilaban a través de maniobras maliciosas, algunas de las cuales eran satisfactorias en ciertos momentos, pero nunca totalmente gratificantes; es decir el impulso de deshacer, humillar e incluso destruir a la hermana más pequeña mantenía una lucha sólo parcialmente agnada. En situaciones interpersonales nuevas, la hermana mayor recreaba la relación con su hermana, sólo para repetir las maniobras de depreciación y humillación que había utilizado con su hermana en el pasado. Sin embargo, estas relaciones cumplían parcialmente sus necesidades, porque el objeto real u odiado era su hermana, y nunca alcanzó el objetivo que realmente buscaba, es decir la destrucción total de su competidora. Repetía compulsivamente, en una relación tras otra, los mismos patrones de comportamiento destructivo que había a prendido den el pasado.

Como para el protagonista de la película, resulta muy difícil deshacerse de estas huellas del pasado, que tendemos a perpetuar a través de nuestros procesos de afrontamiento y de interpretación,  para que formen parte de nosotros y nos acompañen a lo largo de nuestra vida.

Mariano de Vena Salvador | Psicólogo Col. Nº M-23785