Sexo, mentiras y banda ancha.

La adolescencia es un periodo difícil de afrontar para muchos padres por los nuevos retos que implica el inicio de esta nueva etapa. Uno de ellos es el comienzo de las conductas sexuales.

Desde hace ya tiempo, se ha dado mucha importancia a los riesgos de carácter físico  que pueden ocasionar  las relaciones sexuales: contagio de enfermedades de transmisión sexual (ETS), embarazos no deseados, etc. por lo que los padres y la sociedad se han responsabilizado  en proporcionar información y medios para evitar consecuencias negativas y minimizar los riesgos.

Sin embargo, en la actualidad debido a los avances tecnológicos y el fácil acceso de los adolescentes a los mismos, se plantea nuevos riesgos a evitar que suponen un gran reto: el SEXTING y el GROOMING.

¿Qué es el Sexting? 

El sexting es la difusión de fotos o vídeos de contenido sexual, hechos por la propia persona  remitente y enviado a personas conocidas.

Los chicos o chicas que suelen enviar este tipo de imágenes lo hacen habitualmente por diversión, por presión social, para impresionar a alguien o para sentirse bien consigo mismos.

Normalmente, estas imágenes se envían a un círculo de personas conocidas, con el que se siente una falsa sensación de seguridad. Sin embargo, esta conducta conlleva graves riesgos para el menor:

Amenaza a la privacidad: supone una pérdida de control del contenido enviado (difusión masiva, pérdida o robo del dispositivo).

 • Riesgos de carácter psicológico derivados de la exposición: ansiedad, depresión, exclusión social, etc.

 • Ciberbullying o ciberacoso: este es un tipo de acoso entre iguales que supone el hostigamiento de un menor hacia otro menor, en forma de insultos, vejaciones, amenazas o chantajes,  utilizando para ello un canal tecnológico.

 • Sextorsión: las fotografías y vídeos  enviados pueden servir como arma de chantaje y extorsión, obligando al menor a realizar acciones que no desea.

 • Riesgos físicos y de geolocalización: las imágenes o vídeos pueden contener ciertos elementos que faciliten  la identificación  a quienes aparecen en ellos o que posibiliten  su localización, lo que expone al adolescente a pederastas.

 ¿Qué es el Grooming? 

El grooming hace referencia al conjunto de estrategias que una persona adulta desarrolla para ganarse la confianza del menor a través de Internet con el objetivo de obtener imágenes o vídeos sexuales.

En ocasiones, los adolescentes no son capaces de identificar los peligros a los que se exponen al chatear con desconocidos, o entrar en páginas de contactos. Sin embargo, estas conductas suponen graves riesgos:

• Exposición peligrosa a pederastas.

• Accesibilidad  a geolocalización.

• Participación  en webs de pornografía infantil.

• Sextorsión.

¿Cómo educar en prevención desde casa? 

Lo principal para prevenir estas conductas es hablar abiertamente con los adolescentes, explicándoles sin censuras los riesgos que supone la transmisión de fotos y vídeos de carácter sexual, así como de hablar con desconocidos mediante el uso de Internet.

 Es importante, que los adolescentes comprendan los mismos y se sientan cómodos para expresar sus dudas e inquietudes, teniéndonos como referentes a los que acudir si surge un problema.

Dar una visión realista y adecuada de la sexualidad. Normalizar las situaciones sexuales y hablar de  las conductas parafílicas y distorsionadas, de los riesgos que provocan en su desarrollo.

Del mismo modo, los padres también debemos estar pendientes del uso que nuestros hijos e hijas hacen de los dispositivos (tablet, móvil, ordenador…), vigilando y controlando con el fin de evitar conductas de riesgo. Para ello, algunas recomendaciones que se pueden seguir son las siguientes:

• Limitar el uso a espacios comunes familiares (en el salón, sala de estar…).

• Evitar el uso de móviles y tablets en la habitación o aseo.

• Tener las claves de acceso a los dispositivos y a las redes sociales.

• Estar familiarizados con el manejo de los dispositivos y todas las redes sociales que usan actualmente los adolescentes (Facebook, Instagram…).

• Vigilar los movimientos en las redes sociales.

• Disponer de herramientas tecnológicas para evitar el acceso a contenido inadecuado en Internet (uso de control parental).

Utilizar el sentido común y hablar sin tabúes y sin trabas sobre el sexo, dando una visión positiva del mismo, facilitará que no se llegue al uso inadecuado de estas herramientas para experimentar sobre su sexualidad.

Mariano de Vena Salvador | Psicólogo en el Centro Psicológico Loreto Charques

 

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Bromas “pesadas”.

Youtube se ha convertido en el canal favorito para compartir vídeos. Cada minuto se suben 300 horas de vídeo a este portal, y viene a ser, durante los 10 años que lleva operativo, uno de los hobbies más habituales de grandes y pequeños.

Durante este tiempo, hemos visto como ha proliferado un tipo de grabación muy particular, sobre todo entre los adolescentes. Podemos decir que nos encontramos en la era de “grabar lo divertido y subirlo”, esto es así. Se ha establecido, lo hemos normalizado, y se hace muchas veces con muy poca conciencia de sus consecuencias, ya que en gran parte de las ocasiones se busca la carcajada rápida de quien vea el vídeo y se recurre a gastar “bromas pesadas” que son controvertidas y poco éticas, ya que quien las recibe seguro que no le hace ninguna gracia. Muchos jóvenes todavía no saben que algunas cosas que graban no son divertidas, no se deben filmar y mucho menos difundir o compartir abiertamente. Todos hemos visto en las noticias grabaciones de cómo algunos alumnos se burlan del profesor, de otro compañero del instituto, y un largo etcétera, provocando situaciones muy desagradables intencionadamente, todo con fin de generar burla abiertamente sin ningún tipo de sonrojo. Más bien todo lo contrario, ya que sienten orgullo de haberlo hecho.

Pero todavía llama más la atención cuando son los adultos quienes no distinguen las fronteras entre lo que es socialmente aceptable y lo que no lo es a todas luces. Esta misma semana me he enterado de que corre un vídeo en el que se ve a unas personas mayores bajando las escaleras mecánicas del metro por el sentido equivocado de la marcha, lo que les genera una situación muy incómoda, ya que durante largo rato parece que no son capaces de solucionar esta situación dada su avanzada edad y deterioro. No he querido verlo. Me ha parecido tan denigrante que he preferido no hacerlo. Pero al parecer, la persona que lo graba, no solo no acude a auxiliar a dos personas que precisan ayuda en una situación claramente complicada para ellos. Se detiene además a grabarlo, y después, se honra en difundirlo públicamente.

Estamos aquí. Hemos llegado a confundir de tal manera las cosas que nos pensamos que todo nos puede provocar risa, incluso aunque rebase con creces las líneas morales más básicas. Por definición, divertirse o broma es aquello en que las dos partes ríen, no solo una. Me indigna. Cada vez más parece que tenemos que estar riendo todo el tiempo, que todo es relativo, que da igual y no pasa nada. ¡¡Si pasa!!

Me ha dolido mucho el corazón cuando durante estos días se ha hecho público el maltrato que unos padres estadounidenses “youtubers” (así se llaman ahora) han ejercido sobre sus hijos a través de “bromas” que les “gastaban” y después subían a youtube con las que después se lucraban. Generaban frustración de forma totalmente injustificada en los menores, situaciones totalmente injustas e incomprensibles para un niño.

Pensar que este tipo de grabación puede entenderse como “una broma” y que pueda resultar divertida a alguien, y más proviniendo de un padre, me resulta trágico.

Pensar de verdad en querer hacer reír a alguien generando dolor en tu propio hijo es algo que cuesta comprender. No es de extrañar que a estos padres les hayan quitado la custodia de sus hijos. Desde luego algo así no es divertido. Ni debe ser generado intencionalmente. Ni debe ser grabado. Ni debe ser difundido.  Terrible.

Sergio Algar Villa | Psicólogo Col. Nº M-22702 

Centro Psicológico Loreto Charques

Acoso escolar: Condenados a entendernos.

Este no es un post para decir qué es el acoso escolar. Esta vez nos gustaría plantear que a pesar del establecimiento de protocolos de actuación (tan necesarios) todavía seguimos necesitando el sentido común (tan escaso a veces) de todos los profesionales involucrados en casos de sospecha de acoso.

1. Es evidente la necesidad de establecer protocolos de actuación para saber qué hacer y para que hagamos todos lo mismo en todas las ocasiones en las que hay una sospecha de acoso. Sin embargo, hay algunos aspectos importantes que me gustaría aclarar a respecto del protocolo de actuación.Es necesario actuar ante la sospecha. Los padres (que normalmente son los que activan el protocolo de acoso) no tienen la obligación de estar seguros de que su hijo está sufriendo acoso para acudir al colegio e intentar abrir un protocolo. Tampoco hay que intentar abrir el protocolo a la primera de cambio. Se trata de que los padres tengan suficientes evidencias de que a su hijo algo le está pasando en el colegio. Los padres, en general, no se dedican a abrir protocolos de acoso para fastidiar.

2. La obligación de la “investigación” para saber si hay o no hay acoso recae en el colegio, puesto que es el ambiente donde el niño está supuestamente sufriendo el acoso. Y aquí nos encontramos con un gran problema: algunos profesionales se sienten atacados cuando los padres intentan abrir un protocolo. Parece que les están diciendo que están haciendo mal su trabajo. Y la primera respuesta suele ser: NO, no hay acoso. Esto a los padres, les genera muchas dudas acerca de la atención/vigilancia que el niño está recibiendo en el colegio. Os pongo dos situaciones reales:

a) Ejemplo 1. Hace unos meses, una mamá me llama desesperada porque su hijo de 6 años estaba teniendo pesadillas, no quería ir al colegio, había vuelto a hacerse pis por las noches, etc. Investigando un poco, algunos compañeros decían que unos niños mayores le pegaban a su hijo en el patio. Tras un episodio de ataque de pánico para no entrar en el colegio, la madre acude a la dirección del centro para abrir un protocolo de acoso. Me puse en contacto con la tutora, que muy amablemente me dijo que ella no había visto nada, que estaba pendiente pero que me invitaba a ir al colegio, a observar durante el patio o en cualquier otro momento. Afortunadamente hemos trabajado con este niño y desde el colegio también se pusieron los medios para que este alumno estuviera mejor. Y así fue, lo hemos logrado, juntos. El niño ya va al colegio contento. Hasta el momento no se ha determinado si hubo o no acoso, pero lo importante es que en la actualidad el niño se encuentra bien.

b) Ejemplo 2. Niño de 5 años que llega con moratones a casa, dice que algunos niños le pegan y le hacen daño en el colegio. Los padres solicitan abrir un protocolo de acoso. Los profesionales que están de forma directa con el niño dicen que NO hay acoso, que no hay nada, que el niño se comporta de forma normal y que los moratones se los ha hecho fuera del colegio. En una tutoría, perdidos en la burocracia del protocolo, no se llega a ninguna parte. Se pide que estén más pendientes del niño, pero la respuesta es que el niño tiene la misma vigilancia que tiene cualquier otro. Pero entonces ¿qué medidas se están tomando cuando se abre un protocolo de acoso? Reuniones, reuniones con todo “quisqui” pero ¿y al niño? ¿Quién le presta atención al niño? ¿Quién le ayuda al niño?

Estos dos ejemplos, me parecen bastante claros de cómo cada comunidad educativa incorpora el protocolo en su práctica diaria. El profesional A me dice: “No he visto nada pero acércate a ver si identificas algo que a nosotros se nos escapa. El profesional B: “Estamos haciendo todo lo que está en el protocolo, estamos en periodo de observación (desde hace 3 semanas)”. Y mientras tanto el niño sigue sin querer ir al colegio y sigue manifestando que algunos “compañeritos” le hacen daño.

Desde luego, no todos los protocolos abiertos terminan en casos de acoso, pero lo que SÍ hay que tener en cuenta es que todo protocolo abierto es un niño que necesita ayuda de forma directa e inmediata.

3. El hecho de actuar ante la sospecha genera falsos positivos. Es decir, muchos de los protocolos abiertos se terminan cerrando sin que se compruebe la situación de acoso. Sí, efectivamente, quizás nos pasemos de alarmistas pero es mejor pasarse de alarmista antes de que un niño tenga su vida convertida en un infierno.

4. En este sentido, los colegios (más concretamente, los profesionales) no deben sentir vergüenza de actuar ante un protocolo de acoso, al revés, hay que entenderlo como una respuesta ante la demanda de los padres. No hay que esconder o culpabilizar a los padres. Los profesionales no se tienen que sentir cuestionados cuando se abre un protocolo de acoso. Los padres si tienen la sospecha fundada de que sus hijos están sufriendo acoso deben acudir al colegio y si la respuesta de sus profesionales es NO VEO NADA/ESTO NO ES ASÍ/SON COSAS DE NIÑOS/ESTÁIS VIENDO COSAS DONDE NO LAS HAY, la relación de confianza se queda tocada. Si, al contrario, la respuesta de los profesionales es NO LO HABÍAMOS IDENTIFICADO/ESTAREMOS PENDIENTES/OBSERVAREMOS MÁS DETENIDAMENTE, la relación de confianza puede que se consolide.

En los casos de sospecha de acoso (y en muchos otros) estamos condenados a entendernos familias y profesionales de la educación. Es imprescindible la aplicación del protocolo pero también del sentido común. No nos queda otra. Y si lo hacemos, seguro que nuestros alumnos/pacientes se sentirán muchos más arropados.

Una buena manera de fomentar este entendimiento entre padres y profesionales es a través del método Kiva.

Renata Sarmento | Psicóloga Col. Nº M-25389

Sí, tu hijo sí.

Lunes. Toca ir a clase y el día pinta aburrido.

El de mates nos pone examen después del recreo y no he estudiado este finde. Me han regalado un móvil y es la caña. Estuve jugando anoche hasta tardísimo, y hasta hablé con tíos que ni conocía. Se lo voy a contar a todos. Pero como suspenda el examen me lo van a quitar. No puede ser. Soy el primero de la clase que tiene móvil y no me lo van a quitar. O la lío. El empollón de delante me tiene que dejar copiar. Más le vale. O lo pagará caro.

Las 8:30. Ahí está, llorando como un nenaza. Pringao. Sólo le he puesto la zancadilla al entrar a clase y se ha dado contra la papelera y se ha caído. Ha estado genial. Todo el mundo se ha reído y aplaudido cuando le han saltado las gafas. Sabe que he sido yo, pero da igual, no se va a chivar.

Las 10. La profe de lengua está dando la chapa con los verbos irregulares o algo así. Paso. Es una mierda. Le he quitado la silla al pringao cuando se iba a sentar y se ha caído de culo. Ha sido increíble. Ha puesto tal cara que nos hemos reído todos. Y la profe le ha reñido por torpe. ¿Se puede ser más guay? Todos me miran. Me temen. Ja.

Las 10:45. Recreo. En el patio todos me rodean para ver mi móvil. Les llevo al baño para que no nos pille la profe que vigila el patio. Todos flipan y quieren verlo, tocarlo. Cuando les enseño las fotos de chicas… Les enseño que se pueden hacer fotos. Y compartirlas con otros. Fotos. ¿Y si le hacemos algo al pringao y…?

Las 11. Se nos ha ocurrido que si le llevamos al baño, le podemos bajar los pantalones y hacerle una foto. Brutal. Se tapaba la cara y los calzoncillos. Pero en la foto se ve que es él. Le hemos dejado sentado en el suelo mientras salíamos gritando: ¡¡A marginarlo!! Le he dado una patada al salir y le he dicho que o me deja copiar o se la paso a todo el mundo. A ver si tiene huevos.

11:30. El examen es muy difícil. Es de leer y pensar. Qué mierda. Pero el pringao se echa a un lado y me deja copiar. Luego le diré que si quiere tocar mi móvil. Es un buen premio.

Las 12:30. Comedor. El pringao cree que ahora somos amigos. Le he dicho que se venga a jugar. Es un juego guay. Se pone de espaldas y hay que darle pelotazos. Si uno falla le toca ligar. Pero no fallamos, ja, ja, ja. Lo malo es que cuando se ha dado la vuelta le he reventado la cara y las gafas. Sangra como un cerdo. A dirección.

Las 13:30. Mi padre llega cabreado. Le echa la bronca al director por molestarle. Tiene un curro importante. La culpa es del pringao que no se quitó las gafas. El director le dice no se que de bullying. Mi padre le dice “¿Mi hijo? No. Sólo tiene mucho carácter, como su padre”…

Las 16:30. El pringao no está. Se tuvo que ir al médico. Seguro que mañana vuelve… Pero mientras, aún tengo su foto. Cómo nos vamos a reír…

Esta puede ser una mañana más en la vida de un niño acosador. Siempre pensamos en los niños que son víctimas del bullying. Pero, ¿cómo son los agresores?

Hay una serie de indicadores que nos indican, valga la redundancia, que nuestro hijo podría ser uno de esos que le hace la vida imposible a otro niño:

Si es un niño que muestra reacciones agresivas con facilidad, sin mostrar empatía hacia los demás, sin aceptar nunca su culpa. No es responsable de sus actos. Siempre quiere tener la última palabra. Su relación con los compañeros se basa en mandar, en ostentar el poder. Su forma de resolver problemas es agresiva o violenta.

Si no respeta las normas con facilidad. Quiere hacer las cosas cómo y cuándo quiere. Tiene muy baja tolerancia a la frustración. No acepta un no. En casa le cuesta aceptar las normas. Trata de saltarse los castigos. Se muestra despótico con sus padres (con vosotros) y con sus hermanos.

Si es dominante con sus amigos. Le gusta reírse y hacer burla de los demás. Suelen ser blanco de sus “bromas” aquellos que son más débiles o si tienen alguna discapacidad.

Si en más de una ocasión os llaman del colegio por haber propinado empujones, golpes, ha hecho zancadillas, muchas veces de manera disimulada, a otros niños. Ha dado muestra de despreciar la autoridad de los profesores.

Si trae a casas cosas que no le pertenecen –cromos, útiles de escribir, pulseras…- o incluso dinero o alimentos que no son suyos.

Tal vez penséis que los chicos son los que más acosan a sus compañeros. Nada más lejos de la realidad. Esta es una conducta que equipara a chicos y chicas, tanto los que agreden física o verbalmente, que buscan aislar a otros niños y niñas. No cometáis el error de pensar que eso no sucede entre las niñas…

Y, sobre todo, nunca lo justifiquéis. No echéis la culpa a los profesores que tienen manía a vuestro hijo o hija. No culpéis al agredido por quejarse. No culpéis al colegio por tener que ir a reuniones por “cosas de niños”. Porque no lo son.

En casos extremos hay niños que llegan a acabar con su vida porque no soportan esta tortura diaria. Niños que cuando llega el domingo por la tarde sufren de ansiedad, de verdadero pánico porque se acerca el lunes y deben de volver al colegio.

Porque sí, vuestro hijo sí puede ser un agresor o agresora que le esté haciendo pasar por ese infierno, día tras día, a otros niños y niñas.

Si es vuestro caso, no miréis para otro lado… es hora de actuar.

César Benegas Bautista

Enlace: Cortometraje “Bullying”