No es chivarse, ¡es pedir ayuda!

En ocasiones los niños cambian su carácter sin motivo aparente. Sospechamos que algo pasa, y no sabemos exactamente qué es. Están más callados de lo normal, más irascibles, pierden el apetito, no descansan bien… Muchas veces esto se les pasa, sin más. Otras persiste. 

No es cuestión de alarmarte, sino de que te preguntes si puede haber alguien que le esté molestando, sea de la forma que sea. Un lugar muy frecuente es “el patio del recreo”. 

Nos encontramos con muchos niños que no saben afrontar la situación. Dentro de su cabecita surge de una u otra forma el qué hacer: “Me defiendo, me aparto, se lo digo a un mayor… No se… Decírselo a un  profesor es chivarse, y luego va a ser peor…”

Resulta por ello necesario enseñar a los niños fórmulas para manejar mejor estas situaciones. Y tú como padre o madre puedes introducirlo de forma natural en la conversación con él.

Las habilidades de resolución de conflictos de manera pacífica y asertiva contemplan un conjunto amplio de competencias. Pretendemos proporcionar a continuación un marco simplificado para que los niños sepan de manera esquemática qué es lo que va antes y qué es lo que va después. Simplificar las cosas ayuda a que se acuerden, y al mismo tiempo guarda una cronología psicológica y pedagógica aceptable para ser enseñada por el adulto. 

Primero: Ignorar y evitar el conflicto. A veces dar poca importancia a algo menor es la mejor solución. No hacer caso e irte a otra parte. Seguramente el alumno problemático en cuestión, al no tener respuesta ni sentir reacción en su víctima, dejará de molestarle. Se trata de ignorar y también transmitir que quiere que le deje en paz y que no quiere líos. 

Después: Afrontar proporcionalmente o defenderse. Hay que enseñar y transmitir a los niños la importancia de que defenderse  es algo que solo hay que hacer tras haber puesto en marcha mecanismos para ignorar o evitar pacíficamente el conflicto. Llegado el momento, este mensaje de afrontamiento es importante, ya que se da valor a la necesidad de resolver por sí mismo las cosas, y al mismo tiempo le proporciona control sobre la situación. Es decir, no le deja en una posición de invalidez, desprotección, ni de que tengan que resolverle todo los demás enseguida. Cabe decir que responder puntualmente a una agresión debe ser siempre proporcional, tanto en lo verbal como en lo físico. Enseñar a tu hijo a defenderse mínimamente dada una situación compleja, a zafarse o liberarse de una situación agresiva (que no a atacar) es un elemento más que contempla la asertividad dentro de la enseñanza de  habilidades sociales que le van a ser útiles para la vida, y trata de que sea capaz de defender sus derechos más básicos y libertades. 

Finalmente: Pedir ayuda.  Resulta importante aclarar a los niños que cuando alguien le molesta de manera recurrente, él ya ha puesto en práctica todas las estrategias de solución de conflictos mencionadas y la situación sigue persistiendo, es fundamental poner en conocimiento del adulto (profes y padres) lo que ocurre para que nos echen una mano a solucionar una situación claramente desigual, en la que él ya ha hecho todo lo que está a su alcance para solucionarla de manera asertiva y autónoma. Y esto “no es chivarse, sino que se trata de pedir ayuda”. Se puede hacer, y se debe hacer. Se lo debemos aclarar a los niños, ya que “pueden sentirse culpables por acusar a su acosador”, al mismo tiempo que “desprotegidos e indefensos” si no se les apoya debidamente en este proceso. Piensa que también pueden vivirlo de manera triste y con vergüenza, para empezar porque ponen al descubierto que son objeto de burla, que hagan lo que hagan no funciona. Debemos hablar con ellos para aclararles que es legítimo y adecuado hablar de esta situación de abuso por parte de otro niño que no tiene ningún complejo en ser eso, un abusón que recurre a la agresividad verbal, física, la descalificación en sus múltiples manifestaciones. También puedes aclararles que es normal que se sientan así, que no es agradable sentirse atacado por otra persona y hacer saber a alguien que no van bien las cosas, pero ese sentimiento va a pasar pronto al entender que ellos no han hecho nada malo, y que “el abusón ha sido quien no lo ha hecho bien”. Si no lo hacemos así y no lo explicamos adecuadamente, el niño más indefenso puede sentirse mal “pidiendo ayuda” y finalmente no ponga en marcha este mecanismo que, dado el momento, es importante que lo haga. Y quizás lo que es más relevante; es fundamental que el niño capte nuestra más sincera empatía, no tanto enfado ni preocupación, sino comprensión, aceptación y cariño, porque si no puede asociar que contar las cosas genera en el adulto enfado y preocupación, y posiblemente no va a ser cómodo para él volver a contar nada más. 

Recuerda:

  1. Genera en tu hijo mecanismos para pasar o ignorar algunas primeras conductas hacia él, así como de aviso de querer evitar un conflicto.

Primeramente, ignorar, no hacer caso a una descalificación menor puede resultar adecuado, porque este perfil de alumno agresor acude a víctimas fácilmente reactivas. También de poner en conocimiento del agresor que no quiere problemas y que le deje en paz.

  1. Genera en tu hijo mecanismos de autodefensa.

Cuando las conductas de agresión se repiten, el niño debe defenderse. No comenzar la agresión, sino al menos apartarla y mostrar recursos de autodefensa. Es legítimo, y debe hacerse.

  1. Favorece el que, si las conductas hacia él persisten, tu hijo sienta confianza, tranquilidad y el menor sentimiento de culpa en transmitirlo a los adultos pidiendo ayuda.

Hay que aclarar que el culpable es el niño que se mete con ellos, que él no está haciendo nada malo. Se llama pedir ayuda, no chivarse, y los niños, tras haber agotado otros recursos de evitación, afrontamiento autónomo pacífico y de asertividad, deben recurrir al adulto para “no normalizar una situación que no es normal”, ya que si sigue produciéndose impunemente puede tener efectos muy destructivos para la autoestima de los niños y en general su desarrollo psíquico.

Sergio Algar Villa | Psicólogo Col. Nº M-22702

El regalo perfecto.

Se acercan las fechas, ¿verdad? Las caras de los niños resplandecen ante los escaparates de las tiendas de juguetes y tratan de memorizar listas y más listas de cosas que pedir en sus cartas a Santa Claus, a los Reyes…o a ambos. Ahí los tenéis, con las naricillas bien apretadas contra el cristal- y nosotros preguntándonos… ¿acertarán los Reyes Magos? ¿Cómo aconsejarles? ¿Existe el regalo perfecto?

Empezaré por responderos a esta última pregunta: el regalo perfecto existe. Y trataremos de ayudaros a encontrarlo.

Las escuelas de psicología –y, podéis creerme, hay muchas- suelen hacer recomendaciones muy sencillas:

No os dejéis llevar por las modas. Cada año aparece el juguete definitivo, ese que jamás será superado y que suele acabar debajo de la cama cubierto de polvo, destrozado, usado para otras cosas… Además las modas suelen encarecer los precios –los Reyes también deben ahorrar- hasta límites más que exagerados.

Cada niño necesita un tipo de juguete. No hay un patrón único. A veces les gustan los coleccionables, o los muñecos a los que vestir de mil maneras, o los juegos educativos, o los libros o… La lista es interminable. Es prudente escuchar a los niños durante meses pues darán pistas de lo que realmente quieren antes de verse bombardeados por la publicidad y que quieran todo por la incapacidad de elegir.

Cada juego/juguete está adaptado por edades. Igual que rara vez miramos las etiquetas de los que comemos –salvo cuando nos ponemos a dieta… (Ya hablaremos de ello tras las Navidades)- pocas veces hacemos caso de esa línea, a veces de letra pequeñita, en la que se puede leer “no recomendado para menores de…” o frases similares. Cuando los fabricantes de juegos convencionales o de videojuegos diseñan un producto lo hacen para ciertas franjas de edad. Y no es algo caprichoso. Por ejemplo, si tiene piezas pequeñitas un bebé se puede atragantar con ellas. Si es un juego de preguntas y respuestas… debe tener la madurez intelectual para poder responder. O si se trata de un videojuego, en fin, tener a un niño o niña de 10 años matando zombis espeluznantes…

Mascotas: Tema peliagudo. A los niños les encantan las mascotas (aunque últimamente es sorprendente la cantidad de ellos que temen a los perros, tema que trataremos más adelante, si os parece interesante) pero tenemos que estar seguros de que se responsabilizarán de ellos, que no se cansarán de sacarles tres veces al día a hacer sus cosas, de limpiarles la jaula, ya sabéis… Además los animales crecen y dejan de ser tiernos y dulces cachorrillos. No son pocos los animales abandonados meses después de que los Reyes los dejen en nuestros hogares. Pensadlo muy bien antes. Y, si es posible, los Reyes saben dónde se adoptan animales que no tienen hogar.

Juegos para estimular la fantasía y la creatividad: En este apartado no hay duda. A los niños les encanta imaginar cosas, personajes, situaciones, teatralizan muchas veces el juego en grupo. Y todo aquello que estimule la creatividad (y esto incluye desde libros, pasando por aquellos que les lleven a disfrazarse, aquellos que impliquen realizar manualidades…), con los que dejar volar su imaginación, serán un fabuloso estímulo para sus mentes.

Juguetes que se pueda compartir: Esta opción es muy interesante. Hoy en día los niños y las niñas empiezan a presentar una preocupante carencia de habilidades sociales. Los juguetes y los juegos son una oportunidad de socializar. Jugar en grupo. Compartirlos con otros. El juego es la mejor herramienta de aprendizaje de los niños. ¿Qué mejor manera de aprender asertividad, solidaridad, trabajo compartido, autoestima… que interactuando con otros niños…?

Aún así seguirá pasando lo de todos los años.

Muchos prefieren jugar con la caja envoltorio que con el juguete en sí. Y nos buscarán para que les enseñemos a usarlos. Nos “obligarán” a acabar por los suelos montando piezas, rodando coches, colocando las ruedas auxiliares a la bici, lijando la tabla del monopatín… Porque lo que sucede es que el mejor regalo… sois vosotros.

Pocas cosas son tan necesarias, valiosas, estimulantes, transmiten seguridad, habilidades para el futuro adulto que lo que aprenden a nuestro lado, de nosotros y con nosotros. Un juego no puede sustituir a un padre o a una madre. Y si lo aprenden lo hacen jugando…

Y ya sabéis: sed felices…

César Benegas Bautista | Psicólogo Col. Nº M-22317