Acoso escolar: Condenados a entendernos.

Este no es un post para decir qué es el acoso escolar. Esta vez nos gustaría plantear que a pesar del establecimiento de protocolos de actuación (tan necesarios) todavía seguimos necesitando el sentido común (tan escaso a veces) de todos los profesionales involucrados en casos de sospecha de acoso.

1. Es evidente la necesidad de establecer protocolos de actuación para saber qué hacer y para que hagamos todos lo mismo en todas las ocasiones en las que hay una sospecha de acoso. Sin embargo, hay algunos aspectos importantes que me gustaría aclarar a respecto del protocolo de actuación.Es necesario actuar ante la sospecha. Los padres (que normalmente son los que activan el protocolo de acoso) no tienen la obligación de estar seguros de que su hijo está sufriendo acoso para acudir al colegio e intentar abrir un protocolo. Tampoco hay que intentar abrir el protocolo a la primera de cambio. Se trata de que los padres tengan suficientes evidencias de que a su hijo algo le está pasando en el colegio. Los padres, en general, no se dedican a abrir protocolos de acoso para fastidiar.

2. La obligación de la “investigación” para saber si hay o no hay acoso recae en el colegio, puesto que es el ambiente donde el niño está supuestamente sufriendo el acoso. Y aquí nos encontramos con un gran problema: algunos profesionales se sienten atacados cuando los padres intentan abrir un protocolo. Parece que les están diciendo que están haciendo mal su trabajo. Y la primera respuesta suele ser: NO, no hay acoso. Esto a los padres, les genera muchas dudas acerca de la atención/vigilancia que el niño está recibiendo en el colegio. Os pongo dos situaciones reales:

a) Ejemplo 1. Hace unos meses, una mamá me llama desesperada porque su hijo de 6 años estaba teniendo pesadillas, no quería ir al colegio, había vuelto a hacerse pis por las noches, etc. Investigando un poco, algunos compañeros decían que unos niños mayores le pegaban a su hijo en el patio. Tras un episodio de ataque de pánico para no entrar en el colegio, la madre acude a la dirección del centro para abrir un protocolo de acoso. Me puse en contacto con la tutora, que muy amablemente me dijo que ella no había visto nada, que estaba pendiente pero que me invitaba a ir al colegio, a observar durante el patio o en cualquier otro momento. Afortunadamente hemos trabajado con este niño y desde el colegio también se pusieron los medios para que este alumno estuviera mejor. Y así fue, lo hemos logrado, juntos. El niño ya va al colegio contento. Hasta el momento no se ha determinado si hubo o no acoso, pero lo importante es que en la actualidad el niño se encuentra bien.

b) Ejemplo 2. Niño de 5 años que llega con moratones a casa, dice que algunos niños le pegan y le hacen daño en el colegio. Los padres solicitan abrir un protocolo de acoso. Los profesionales que están de forma directa con el niño dicen que NO hay acoso, que no hay nada, que el niño se comporta de forma normal y que los moratones se los ha hecho fuera del colegio. En una tutoría, perdidos en la burocracia del protocolo, no se llega a ninguna parte. Se pide que estén más pendientes del niño, pero la respuesta es que el niño tiene la misma vigilancia que tiene cualquier otro. Pero entonces ¿qué medidas se están tomando cuando se abre un protocolo de acoso? Reuniones, reuniones con todo “quisqui” pero ¿y al niño? ¿Quién le presta atención al niño? ¿Quién le ayuda al niño?

Estos dos ejemplos, me parecen bastante claros de cómo cada comunidad educativa incorpora el protocolo en su práctica diaria. El profesional A me dice: “No he visto nada pero acércate a ver si identificas algo que a nosotros se nos escapa. El profesional B: “Estamos haciendo todo lo que está en el protocolo, estamos en periodo de observación (desde hace 3 semanas)”. Y mientras tanto el niño sigue sin querer ir al colegio y sigue manifestando que algunos “compañeritos” le hacen daño.

Desde luego, no todos los protocolos abiertos terminan en casos de acoso, pero lo que SÍ hay que tener en cuenta es que todo protocolo abierto es un niño que necesita ayuda de forma directa e inmediata.

3. El hecho de actuar ante la sospecha genera falsos positivos. Es decir, muchos de los protocolos abiertos se terminan cerrando sin que se compruebe la situación de acoso. Sí, efectivamente, quizás nos pasemos de alarmistas pero es mejor pasarse de alarmista antes de que un niño tenga su vida convertida en un infierno.

4. En este sentido, los colegios (más concretamente, los profesionales) no deben sentir vergüenza de actuar ante un protocolo de acoso, al revés, hay que entenderlo como una respuesta ante la demanda de los padres. No hay que esconder o culpabilizar a los padres. Los profesionales no se tienen que sentir cuestionados cuando se abre un protocolo de acoso. Los padres si tienen la sospecha fundada de que sus hijos están sufriendo acoso deben acudir al colegio y si la respuesta de sus profesionales es NO VEO NADA/ESTO NO ES ASÍ/SON COSAS DE NIÑOS/ESTÁIS VIENDO COSAS DONDE NO LAS HAY, la relación de confianza se queda tocada. Si, al contrario, la respuesta de los profesionales es NO LO HABÍAMOS IDENTIFICADO/ESTAREMOS PENDIENTES/OBSERVAREMOS MÁS DETENIDAMENTE, la relación de confianza puede que se consolide.

En los casos de sospecha de acoso (y en muchos otros) estamos condenados a entendernos familias y profesionales de la educación. Es imprescindible la aplicación del protocolo pero también del sentido común. No nos queda otra. Y si lo hacemos, seguro que nuestros alumnos/pacientes se sentirán muchos más arropados.

Una buena manera de fomentar este entendimiento entre padres y profesionales es a través del método Kiva.

Renata Sarmento | Psicóloga Col. Nº M-25389

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Sí, tu hijo sí.

Lunes. Toca ir a clase y el día pinta aburrido.

El de mates nos pone examen después del recreo y no he estudiado este finde. Me han regalado un móvil y es la caña. Estuve jugando anoche hasta tardísimo, y hasta hablé con tíos que ni conocía. Se lo voy a contar a todos. Pero como suspenda el examen me lo van a quitar. No puede ser. Soy el primero de la clase que tiene móvil y no me lo van a quitar. O la lío. El empollón de delante me tiene que dejar copiar. Más le vale. O lo pagará caro.

Las 8:30. Ahí está, llorando como un nenaza. Pringao. Sólo le he puesto la zancadilla al entrar a clase y se ha dado contra la papelera y se ha caído. Ha estado genial. Todo el mundo se ha reído y aplaudido cuando le han saltado las gafas. Sabe que he sido yo, pero da igual, no se va a chivar.

Las 10. La profe de lengua está dando la chapa con los verbos irregulares o algo así. Paso. Es una mierda. Le he quitado la silla al pringao cuando se iba a sentar y se ha caído de culo. Ha sido increíble. Ha puesto tal cara que nos hemos reído todos. Y la profe le ha reñido por torpe. ¿Se puede ser más guay? Todos me miran. Me temen. Ja.

Las 10:45. Recreo. En el patio todos me rodean para ver mi móvil. Les llevo al baño para que no nos pille la profe que vigila el patio. Todos flipan y quieren verlo, tocarlo. Cuando les enseño las fotos de chicas… Les enseño que se pueden hacer fotos. Y compartirlas con otros. Fotos. ¿Y si le hacemos algo al pringao y…?

Las 11. Se nos ha ocurrido que si le llevamos al baño, le podemos bajar los pantalones y hacerle una foto. Brutal. Se tapaba la cara y los calzoncillos. Pero en la foto se ve que es él. Le hemos dejado sentado en el suelo mientras salíamos gritando: ¡¡A marginarlo!! Le he dado una patada al salir y le he dicho que o me deja copiar o se la paso a todo el mundo. A ver si tiene huevos.

11:30. El examen es muy difícil. Es de leer y pensar. Qué mierda. Pero el pringao se echa a un lado y me deja copiar. Luego le diré que si quiere tocar mi móvil. Es un buen premio.

Las 12:30. Comedor. El pringao cree que ahora somos amigos. Le he dicho que se venga a jugar. Es un juego guay. Se pone de espaldas y hay que darle pelotazos. Si uno falla le toca ligar. Pero no fallamos, ja, ja, ja. Lo malo es que cuando se ha dado la vuelta le he reventado la cara y las gafas. Sangra como un cerdo. A dirección.

Las 13:30. Mi padre llega cabreado. Le echa la bronca al director por molestarle. Tiene un curro importante. La culpa es del pringao que no se quitó las gafas. El director le dice no se que de bullying. Mi padre le dice “¿Mi hijo? No. Sólo tiene mucho carácter, como su padre”…

Las 16:30. El pringao no está. Se tuvo que ir al médico. Seguro que mañana vuelve… Pero mientras, aún tengo su foto. Cómo nos vamos a reír…

Esta puede ser una mañana más en la vida de un niño acosador. Siempre pensamos en los niños que son víctimas del bullying. Pero, ¿cómo son los agresores?

Hay una serie de indicadores que nos indican, valga la redundancia, que nuestro hijo podría ser uno de esos que le hace la vida imposible a otro niño:

Si es un niño que muestra reacciones agresivas con facilidad, sin mostrar empatía hacia los demás, sin aceptar nunca su culpa. No es responsable de sus actos. Siempre quiere tener la última palabra. Su relación con los compañeros se basa en mandar, en ostentar el poder. Su forma de resolver problemas es agresiva o violenta.

Si no respeta las normas con facilidad. Quiere hacer las cosas cómo y cuándo quiere. Tiene muy baja tolerancia a la frustración. No acepta un no. En casa le cuesta aceptar las normas. Trata de saltarse los castigos. Se muestra despótico con sus padres (con vosotros) y con sus hermanos.

Si es dominante con sus amigos. Le gusta reírse y hacer burla de los demás. Suelen ser blanco de sus “bromas” aquellos que son más débiles o si tienen alguna discapacidad.

Si en más de una ocasión os llaman del colegio por haber propinado empujones, golpes, ha hecho zancadillas, muchas veces de manera disimulada, a otros niños. Ha dado muestra de despreciar la autoridad de los profesores.

Si trae a casas cosas que no le pertenecen –cromos, útiles de escribir, pulseras…- o incluso dinero o alimentos que no son suyos.

Tal vez penséis que los chicos son los que más acosan a sus compañeros. Nada más lejos de la realidad. Esta es una conducta que equipara a chicos y chicas, tanto los que agreden física o verbalmente, que buscan aislar a otros niños y niñas. No cometáis el error de pensar que eso no sucede entre las niñas…

Y, sobre todo, nunca lo justifiquéis. No echéis la culpa a los profesores que tienen manía a vuestro hijo o hija. No culpéis al agredido por quejarse. No culpéis al colegio por tener que ir a reuniones por “cosas de niños”. Porque no lo son.

En casos extremos hay niños que llegan a acabar con su vida porque no soportan esta tortura diaria. Niños que cuando llega el domingo por la tarde sufren de ansiedad, de verdadero pánico porque se acerca el lunes y deben de volver al colegio.

Porque sí, vuestro hijo sí puede ser un agresor o agresora que le esté haciendo pasar por ese infierno, día tras día, a otros niños y niñas.

Si es vuestro caso, no miréis para otro lado… es hora de actuar.

César Benegas Bautista

Enlace: Cortometraje “Bullying”