Solos ante la muerte.

Alguien escribió una vez que sólo hay una verdad totalmente cierta: vamos a morir. Todos. No excepciones. No hay súplica, amenaza o precio que cambie esta verdad. 

Es una frase muy dura. Tanto como cierta. Desde que nacemos nos preparan para vivir la vida, para afrontar problemas educativos, laborales, sentimentales. Nos enseñan a estudiar. Nos enseñan a buscar trabajo. A conservarlo. Nos enseñan a tener buenas habilidades sociales, a tener éxito entre los demás. Nos enseñan a ser padres. Nos enseñan a manejar complejos artilugios electrónicos que hacen nuestra vida más sencilla y entretenida. Una vida de trabajo y ocio. Una vida con pocos espacios para detenernos y pensar. Pero no nos enseñan a morir. 

La muerte es un tabú. La muerte nos es ajena. Antes se moría en casa, rodeados de la familia, si se tenía, y de los amigos, de los objetos con los que se había convivido durante años, los olores, la luz, las paredes que veíamos cada amanecer. La muerte era una etapa más en nuestras vidas. 

Cuanto más sofisticada se ha vuelto nuestra vida más nos alejamos de la naturaleza. Y la naturaleza es un eterno ciclo de vida y muerte. Si nos paráramos a observar un año, un simple año, es un ciclo completo del nacimiento que supone la primavera, la madurez del verano, el envejecer del otoño y el morir del invierno. Una y otra vez. 

La vida de una persona, independientemente de su edad, de su cultura, de sus creencias, está sembrada de separaciones y de pérdidas. Y de todas ellas la más temida es la muerte. 

Hasta la muerte “esperada” nos afecta como si nada hubiéramos sabido de ello. 

¿Por qué? ¿Por qué no hablamos de la muerte? Los psicólogos muchas veces tenemos que tratar ese tema con nuestros pacientes. A veces escuchamos súplicas (“no quiero morir, tengo miedo”). Como si fuera algo evitable. Como si no estuviéramos muriéndonos ya, en este momento en el que yo escribo estas palabras y tú las estás leyendo. ¿Por qué hemos hecho que la muerte, además de lo duro que es perder a alguien para siempre, deba ser algo amargo? 

Si queremos que ese dolor no sea tan agudo, tan destructivo, no debemos esperar a que llegue el día. Debemos empezar ya mismo, ser capaces de hablar de la muerte con normalidad, sin miedo a que hablar de ella la atraiga o a que sea algo morboso. Si podemos hablar de ella empezamos a prepararnos para ese día. No seremos tan vulnerables. Tanto los que se quedan como los que se van podrán hacerlo en paz. 

Esta nueva entrada al blog quiero que sirva como una introducción, que despierte en vosotros (y en nosotros mismos) la necesidad de hacer algo, de cambiar. 

Ahora bien, ¿qué debemos hacer cuando le llegue la muerte a una persona cercana, importante para nosotros? ¿Cómo ayudamos? ¿Qué decimos? 

Lo primero es no frenar los sentimientos de la persona que ha perdido a un ser querido (recordad que podemos ser nosotros mismos). Hay que dejar salir la tristeza, no impedir que lloren, no decir aquello de “ya está, ya pasó, no llores más”. Porque no pasó. Porque el dolor está ahí. La persona que está comenzando el duelo, que está empezando a reaccionar ante la muerte debe hablar de ello, expresar el dolor a su manera, no a la nuestra. Respetando sus creencias. Sus miedos. Hablando del vacío que siente. Incluso de la culpa. Resulta bueno hablar de la persona que se ha ido, de lo bueno y de lo malo, de su vida y de su muerte. Es un paso para empezar a aceptar su partida. 

Después de unos días hay que volver a la vida. El dolor sigue. Pero nuestras vida también. Es bueno retomar horarios y rutinas (hora de levantarse, horas de hacer las comidas, de ducharse, de acostarse…). Esas pequeñas rutinas nos llevan a regresar. Aceptando que al inicio habrá recaídas en ese dolor, oleadas de nostalgia y de pena, ganas y necesidad de llorar, que pueden aparecer en cualquier momento. Cambios de humor. Ira. Desesperación. 

Debemos apoyarnos en otros y desahogarnos. Pedir ayuda. No hay que ser héroes pues si el dolor y la pena se quedan dentro, si no lo exteriorizamos, si no pasamos por las diferentes etapas del duelo… enfermaremos. Unos de mente, otros de cuerpo, muchos de ambos. 

Como amigos, como familiares estaremos atentos a que no descuide su alimentación, su sueño, su higiene. Que no se automedique… ni tampoco animarles a que se tome esto o aquello que a nosotros nos ha podido hacer bien en un momento dado. Eso ya lo hará su médico. Que no se esconda tras las brumas del alcohol u otras sustancias (que pueden ser de lo más tentadoras porque aplacan el dolor… pero tras ello sólo habrá un problema aún mayor). 

Cuando se sienta con fuerza podrá regresar a su trabajo o a su quehacer diario. Poco a poco. No cargándose de responsabilidades. 

Es bueno, se tenga fe en alguna creencia o no, realizar una ceremonia de despedida en la que se pueda decir adiós, dejar marchar al que ya se ha ido. Nos permite tener un punto de partida para comenzar una nueva vida. 

Durante meses, quizá años, sentiremos el zarpazo del dolor, de echar de menos a esa persona a nuestro lado. Pero cada vez será menor. Lo que no cambiará es el amor o el cariño que sentimos. El respeto. El recuerdo de lo que nos dejaron compartir con ellos. 

Sólo un consejo más. Amad. Quered a los que os importan y tenéis a vuestro lado. Decídselo o hacédselo saber. Ahora. 

Y… vivid, sobre todo vivir y hacedlo intensamente, aceptando que, como todo, algún día llegará a su fin. No podemos temer lo que es inevitable. Tan solo aceptarlo. 

César Benegas Bautista | Psicólogo – Nº de Colegiado: M-22317

Centro Psicológico Loreto Charques

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