Cuenta la historia que el tarot más antiguo del que hay constancia física se debe a la obra de Filippo María Visconti, el último duque de Milán de la dinastía Visconti. Por lo que es conocido como Tarot Visconti. Se dice de él que fue un político de raza… pero consumido por un temor supersticioso que le llevaba a una continua consulta a todo tipo de ocultistas, nigromantes y astrólogos. No hay un acuerdo sobre si fue realizado como regalo para la boda de su hija… O con fines adivinatorios más particulares.

Otras fuentes afirman que el tarot provendría de Egipto, posiblemente de algún seguidor del culto al dios único Atón, alrededor del año 1450 a.C., tal vez en un afán de dejar por escrito, de manera oculta o esotérica, sus creencias de la existencia en un dios único, que luego fueron prohibidas y perseguidas. Para que les ubiquemos en el tiempo, hablamos del padre del famoso faraón Tut-anj-Amón, más conocido para la posteridad como Tutankamon, el faraón niño…

Podría seguir contándoos las teorías, las leyendas, historias de secretos y de místicas ya olvidadas, que son de lo más fascinantes. Pero lo que hoy queremos tratar no es su origen, si no de qué hablamos cuando en la actualidad hablamos del tarot.

Como tal, el tarot sería una baraja, un mazo de cartas, compuesto por 22 arcanos mayores y 56 arcanos menores. El nombre de cada carta es naipe, que vendría del árabe “naïf” y su significado se podría traducir como emisario o mensajero. (Hay un libro estupendo sobre el tema del místico sufi Idries Shah Syed, de lo más recomendable). Cada cultura a lo largo de los siglos ha buscado cómo contactar con las fuerzas de la naturaleza, con los dioses… y preguntarles por aquello que más incertidumbre nos genera: el futuro y la toma de decisiones. Que nos señalen el camino. Que elijan por nosotros.

El vidente que emplea el tarot busca predecir el futuro mediante la interpretación de las cartas que han de ser extraídas siguiendo un ritual previo de purificación y de limpieza física de manos y rostro, de la elección de una serie de cartas –cuyo número varía en función de la pregunta-, que han de ser desplegadas siguiendo unas figuras rituales que, para algunos, buscarían obtener la forma del árbol de las sefirot o árbol de la vida de la Cábala. Como podéis ver hay un profundo trasfondo metafísico en todo esto. A finales del siglo XX hubo un despuntar de los cultos “wiccanos” (dicho de una manera muy simplificada, el culto a la madre tierra y a sus potencias) que empleaban entre otras mancias (o magias adivinatorias) el tarot.

¿Puede cualquier persona usar el tarot?

La verdad es que sí. Pero los “verdaderos” iniciados os alertarían que hacen falta muchos años de estudio, meditación y entrenamiento para tener un dominio de este arte. Y aún así… os dirán que el tarot realmente es una manera de buscar un mayor desarrollo interior, que del futuro sólo se pueden intuir posibles caminos, pero lo que va a suceder de verdad… queda más allá del alcance de “meros humanos”. Usarlo… cualquiera puede. Saber lo que se hace… no tanto.

Imaginaos por un momento que un vidente os dice que vais a aprobar el carné de conducir. Lo que realmente dice es que intuye que estás en una situación vital propicia. Pero si no hay un esfuerzo, un estudio diario y un autocuidado (como descansar la noche antes) esas palabras se quedarían sólo en eso: palabras. Y no olvidemos que es una intuición. Y a veces un deseo de que nos pasen cosas buenas.

El uso del tarot es seguido por millones de personas en el mundo, hasta el punto de convertirse en un pingüe negocio. Podéis ver en la televisión toda una serie de canales dedicados expresamente a emitir una programación en la que una serie de hombres y mujeres atienden –previo pago de la llamada… y no suele ser precisamente económica- llamada tras llamada, sin descanso, de personas a las que les dicen lo que les va a suceder.

Pero…

¿Esas personas saben lo que hacen? ¿Podemos hacer caso de desconocidos que nos dicen si tal persona va a padecer una grave enfermedad –y lo hacen con más seguridad de la que tienen los propios médicos- o si vamos a tener una oferta de trabajo? ¿Podemos ponernos sin más reflexión en sus manos? Si el futuro fuera predecible de esa manera… ¿por qué los que usan esa predicción no la emplean para sí mismos, para enriquecerse, para obtener puestos de trabajo cómodos y sobradamente remunerados?

La respuesta es sencilla: porque no pueden.

¿Por qué les preguntamos entonces?

Porque nos asusta el futuro y cuando la ansiedad nos asalta, cuando enfermamos, cuando perdemos el trabajo o al amor de nuestra vida… necesitamos cualquier salvavidas, que nos dé la esperanza necesaria para no ahogarnos en el miedo. Porque el miedo paraliza, confunde, nos lleva a tomar decisiones precipitadas… Y creemos que en las palabras de estos videntes hallaremos paz y un sentido.

Lo que es cuestionable es si “saber” el futuro es la mejor manera de afrontarlo o si una esperanza errónea puede dirigirnos a un destino con el que nada tenemos que ver. Y no menos importante: si sabemos lo que nos va a pasar… ¿no perdería la vida parte de su sentido de descubrimiento, de aventura (no siempre sencilla)?

En próximas entradas quiero que profundicemos en el tema, porque no me cabe duda de que muchos de vosotros conocéis a alguien a quien le han adivinado el futuro. Y eso tiene una explicación que, puedo aseguraros, os puede sorprender…

¿No va de eso la magia?

Sed felices…

César Benegas Bautista | Psicólogo Col. Nº M-22317

Centro Psicológico Loreto Charques

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